«Tuvimos que quedarnos un día más en Atenas, porque no nos coincidían los trenes y los barcos. Finalmente a las 13.45 horas salió el tren a Patras. Vimos en el viaje el Canal de Corintio, un tajo en la tierra por donde pasa el mar y un paisaje excelente que no conocíamos, porque el viaje de ida hacia Atenas había sido de noche. En el tren, una argentina me empezó a hablar. Ella estaba sola. Le digo que vamos a tomar el barco, que viniera con nosotros. Llegamos a Patras, compramos el boleto y esperamos hasta la hora de embarque. En el primer viaje nos habían dado a todos unas poltronas, pero ahora no, solo lo que nos correspondía. Es decir, unos asientos duros en un ambiente sin calefacción: el famoso “deck”. En un barco, ser mujer tiene sus beneficios. Yo me encontré con el capitán, nos saludamos como viejos amigos y como queríamos dejar las valijas abajo, hablé con otros muchachos, para resolver eso. El capitán se ofendió porque no le hablé a él directamente. Tardamos mucho en embarcar, había muchos camiones y algunas peleas entre los camioneros que por poco no llegaron a los golpes entre ellos. Florencia, la chica argentina, dice que sí, cuando le preguntan por dos poltronas. Y ahí en la confusión, me dan una de rebote. En el segundo control, pasamos. ¿Es porque somos mujeres, que no nos dicen nada? Así que Florencia y yo dormiremos en las poltronas en planta alta y Daniel enfurecido en el deck, el verdadero espacio que te toca con el Eurail Pass. Pero a media noche, los vigilantes no andan, así que Daniel, el brasilero, se vino con nosotras y durmió más cómodamente. En el barco compartimos la comida con Florencia, sándwiches y sopa caliente de zapallo. Teníamos bombones “Mabel”. Una verdadera fiesta. Y antes de dormir, vimos una luna roja, en un cielo estrellado, el mejor que vi desde que estoy viajando, perdida en una inmensa ciudad, o mejor dicho en un barco, en una rueda mágica.»
Diario de viaje, viaje en barco de Patras, Grecia a Bríndisi, Italia, lunes 23 de enero de 1995
