“Muy temprano, a las 6:30, llegamos a Viena después de una buena noche durmiendo como sapos. En Tarvisio a eso de la 01:00, los guardas del tren nos despertaron: sellos en pasaportes, tickets, otra vez el pasaporte… ya no había rastros de italianos. Una vez en la estación, no lográbamos salir de ella y buscar el metro que nos lleve a Westbahnhof, la otra estación desde donde teníamos que buscar el albergue. Le preguntamos a un chico muy joven. Sin hablar nos dijo que lo siguiéramos. Primero fuimos en tranvía y después en metro. Al chico lo bautizamos “el ángel de Viena». Nos dejó en otra estación de metro y desde ahí pudimos llegar rápido al albergue. Yo fui directamente al baño, más que a bañarme a desinfectarme. Por la mañana después del baño me fui caminando a la embajada de Checoslovaquia. Formulario, fotos… Tenía que volver a las 14:00 a retirar la visa para ese país, así que aproveché y me fui a visitar el Palacio Schönbrunn, la residencia de los Habsburgo. En el camino había nieve por todos lados. Los jardines blancos, el palacio amarillo, los cuervos negros, las gaviotas, las ardillas y un poco de lluvia a la salida. Me acuerdo del lago congelado con los patos patinadores. ¡Qué linda es Viena!”
Diario de viaje, Viena, Austria, miércoles 25 de enero de 1995
