«Después me quedé otro largo rato viendo la vida pasar en la entrada a la callejuela que me lleva al hostel: la canilla, los chicos, los muchachos, los gritos de uno porque algo pasaba con la canilla. En mi callecita vive una nena con síndrome de down, nos saludamos, viene una vecina, luego otra y nos ponemos a charlar. De la casa medianera al hostel sale una viejita con su cabeza tapada con un traje o salto de cama color rosa. Se llama Fátima y habla perfecto español. «Antes vivían muchos españoles acá en el barrio», me dice. Las otras vecinas se van y me quedo hablando con Fátima. Ella me invita su casa. Subimos una larga y angosta escalera y nos sentamos en su comedor. La casa era humilde, con buena iluminación y algo desordenada. Frente a mí, al centro, un televisor viejo, a la izquierda una habitación donde se veía una cama y a la derecha, la cocina que parecía muy chica. Tocan la puerta, era su hijo, a quien me parecía haber visto en la calle en estos días. Su mirada es esquiva, parece serio y tiene una gran cicatriz en la cara. Fátima hace té negro, busca en una caja hojas con ramas y las pone en su pava dorada sobre un pequeño calentador. Charlamos. «Dios sabe», me dice. Fátima me cuenta que tiene una hermana que vive en Argentina. Me tomo dos vasos de té, que estaba muy rico. «Bebe, bebe té», me decía la dulce Fátima. El hijo de Fátima también tomaba té con nosotras, en un momento, la señora me dice en voz baja que su hijo no está bien de la cabeza y se ha puesto malo. El televisor de Fátima, ahora se ve bien, antes, por la lluvia tal vez, se veía como pixelado. Me voy, bajamos las escaleras, Fátima me pide algo de plata y le doy diez dírhams, una moneda de las grandes para mí. El momento valía más que diez dírhams y el té también. Me fui feliz, he tomado el típico té marroquí en la casa de alguien que vive en la medina de Tánger.»
Diario de viaje, Tánger, Marruecos, sábado 13 de enero de 2018.

