«Después de quedarme un tiempo en el hostel por la lluvia, salí a caminar por ahí en el barrio. Miré largo rato como todo el mundo interactúa. A la izquierda de mi calle hay un horno a leña, en un pequeño local donde cocinan pan. Los panes son chatos y redondos, de veinte o veinticinco centímetros de diámetro. La gente iba y venía, un chico llevaba un encendedor, otro miraba desde la puerta azul de su casa. A la derecha de mi calle y a modo de división, hay un muro con dos canillas. Mucha gente viene a buscar agua aquí. Anduve caminando por una calle pintada de azul celeste, llena de macetas con plantas, nada de rectas, las puertas y ventanas son diferentes. Un joven se pone a hablar conmigo en perfecto español. Estudia economía y tiene su pequeño kiosco en esa calle. Es muy simpático. Nos despedimos con un fuerte apretón de manos.»
Diario de viaje, Tánger, Marruecos, sábado 13 de enero de 2018
