En mi primer viaje, en 1994, no existían, al menos para mí, ni teléfonos móviles, ni correo electrónico. Y obviamente mucho menos, redes sociales como hoy disfrutamos. Fue entonces que ante mi primer viaje, hice un cronograma para mi familia y amigos, con las fechas en que iba a estar en cada lugar. Este cronograma era para que el que quisiera, pudiera enviarme cartas a la poste restante. Mientras tanto, durante el viaje, yo enviaba postales a mis padres, desde cada ciudad que visitaba. Saber que en algunas ciudades, las más importantes, yo podría tener cartas, era muy emocionante. Cada vez que llegaba a una ciudad, iba al correo central y preguntaba por el poste restante. El momento de esperar que el empleado, trajera o no cartas, era espectacular. A veces venía con muchas cartas, y a veces con ninguna. Me iba entonces, con los sobres a la calle y buscaba alguna casa o lugar con escaleras para sentarme y me ponía a leer muy feliz. En Berlín, me costó mucho encontrar el Correo Central, hacía pocos años que se había unificado la ciudad y tuve que ir a varios lugares hasta que por fin me entregaron mis cartas. En esas cartas me enteré de cómo estaban todos, de supuestas nuevas parejas, de cómo le iba a mi equipo de fútbol y de que a mí vuelta, me esperaba un nuevo y hermoso trabajo que aún hoy conservo.
