Mi amor por la cerveza belga

“La cerveza es la prueba de que Dios quiere que seamos felices”

–Benjamin Franklin, político estadounidense.

He andado tres veces por este pequeño y hermoso país. La primera vez, en mi primer viaje a Europa allá por 1994/95. La segunda en 2010, cuando pasé mucho tiempo en Bélgica, debido a un programa de intercambio de voluntarios de SCI-Projets Internationaux, del que participé representando a Asociación Chicos. Uno de los campos de trabajo era en Mons, al sur de Bélgica. Cada día, luego de trabajar duro en la puesta en uso de una cocina de un albergue para estudiantes africanos, disfrutábamos de breves salidas nocturnas yendo a bares a probar la cerveza belga con mi grupo de trabajo.

Siempre me gustó la cerveza, pero por aquellas épocas en Bélgica, me pareció encontrar el paraíso de esta milenaria bebida. Con el paso de las salidas, descubrí una gran variedad de tipos como lambic, trappist, de frutas, amber, rubia, fuerte, blanca, roja y tal vez me olvide de alguno, seguramente. También aprendí que hay distintos tipos de fermentaciones. Cada vez más interesada en el tema, observé que para cada cerveza existe su vaso único e irrepetible, con su logotipo y su posavasos. Me enteré que muchos monjes fabricaban cerveza en sus abadías; que algunas cervezas, las menos, se envasan en barril y la gran mayoría vienen en pequeñas botellitas de vidrio marrón de 0.33 ml. En este viaje comencé a coleccionar posavasos de cerveza y hoy, la de Bélgica es una de mis grandes colecciones, pero esto es otra historia. Al salir con las compañeras de trabajo, todas pedíamos cervezas diferentes y aprovechábamos para probarlas, hablar de nuestros gustos y mirar los vasos tan lindos en que nos traían la cerveza. Me encantaba ver las etiquetas y las chicas guardaban los posavasos para mí. Al probar algunas cervezas de mis compañeras, me di cuenta que las frutales no me gustaban. De a poco, mi corazón empezó a latir por algunas cervezas en particular y me fui haciendo fan de Duvel, Trapisstes Rochefort, Chimay, entre otras. Recuerdo la vez que descubrimos en la carta, una cerveza llamada Delirium Tremens, hacíamos chistes delirantes y una noche, me animé a probarla, encontrándome con una cerveza fuerte, amarga y potente. Su botella es blanca opaca y un elefante rosa aparece en la etiqueta. Ya en Bruselas, nos llevaron a conocer, como parte del programa de SCI, la Brasserie Cantillon/ Musée Bruxellois de la Gueuze, una fábrica de cerveza de la cual me traje como recuerdo todos sus posavasos, el sabor de las cervezas que nos ofrecieron y fotos. https://www.cantillon.be/?lang=en

Desde Bruselas tuve que tomar un avión a Reyjavik, la capital de Islandia, para seguir con el voluntariado y ese mismo día como obra de magia, se llevó a cabo en la bellísima Grand-Place de Bruselas la “Belgian Beer Weekend”, que pude disfrutar antes de ir al aeropuerto. Este encuentro de fin de semana reúne a grandes y pequeños productores de cerveza, hay actos oficiales, bandas y mucha gente bebiendo cerveza de pie alrededor de pequeñas mesas altas redondas. Ahí conocí el lúpulo, ya que estaba todo adornado con esta planta y por supuesto probé algunas cervezas. Todos los expositores regalaban posavasos que le vinieron muy bien a mi colección. “Belgian Beer Weekend” aún se sigue haciendo, pero este año 2020 se suspendió por la pandemia de Corona Virus.

En abril de 2013 y después de correr la Maratón de Paris, volví a Bélgica, de pasada, a saludar mucha gente que había conocido en 2010 y a mi familia adoptiva belga, que tan bien me había recibido ese año en Bruselas. Mi gran familia adoptiva, como yo le digo con mucho amor, está formada por Guy, Elizabeth, su esposa y su hija Cecile, mi gran y simpática amiga, con quien seguimos en contacto estrecho y hasta ha venido a visitarme a Rosario hace unos años.

Elizabeth, las cervezas y yo.

Un sábado, Guy (que es corredor y amante de la bicicleta) y Elizabeth, me llevaron a correr una carrera a Beauvechain al este de Bruselas. Luego de la carrera, como no podía ser de otra manera, los corredores se reúnen a tomar cerveza un rato con familiares y amigos. Así lo hicimos nosotros también. En Bélgica la cerveza anda por todos lados.

Durante mi tercer visita a Bélgica, Cecile me llevó a conocer varios bares, entre ellos Delirium Café Brussels. Un bar de cervezas en donde te dan, literalmente, un libro para elegir tu variedad, cientos de cervezas del mundo venden ahí. Está en el Record Guinnes por la cantidad que ofrece. Pero yo, fiel a mi paladar que había quedado maravillado en 2010, seguí probando cervezas belgas. El lugar está decorado con posters, bandejas, carteles y todo material relacionado con la cerveza… y lleno de gente feliz. Me tomé una Bush que es el producto estrella de la Brasserie Dubuisson y está hecha con agua del subsuelo de la cervecería, es de alta fermentación y tiene 12% de alcohol. https://www.dubuisson.com/es/

Mis queridas amigas Florence y Marielle, me pasaron a buscar por la casa de Guy y Elizabeth y me llevaron 30 km al sur de Bruselas a Louvain – la Neuve, a la cervecería “Le Brasse – Temps” a probar cervezas diferentes. ¡Que ricas cervezas y que inolvidable momento!. Personalmente, me animo a decir que la cerveza es parte de la cultura de Bélgica, como el mate lo es aquí o en Uruguay.

Para entender la importancia de la cerveza en Bélgica les dejo estos números extraídos de http://www.belgianbrewers.be/en/home/: “En 2019, las 340 fábricas de cerveza, que producen más de 1.500 cervezas diferentes, han invertido 332.412.000 de euros en las cervecerías y alrededor de 100 millones de euros en el sector de la hostelería. Directa e indirectamente, el sector emplea a más de 50.000 personas. La Oficina Federal de Planificación ha determinado que la contribución de los sectores a la economía belga asciende a 4.000 millones de euros, o el 1% del BNP. En 2019 se elaboraron más de 25.000.000 de hectolitros de cerveza, de los cuales más del 70% se destinó a la exportación”. Estando aquí en Argentina, un día de 2016, me enteré que la UNESCO había declarado a la cerveza belga como patrimonio inmaterial de la humanidad debido a su relevancia histórica, cultural y social, no sólo en el país europeo, sino en todo el mundo. Gracias a conocer, probar y valorar la cerveza de Bélgica, me he enamorado de ella particularmente. Así que mi consejo, es que si andan por Bélgica, no dejen de probar sus fantásticas y variadas cervezas. No se van a arrepentir. Tal vez se enamoren como yo.

Deja un comentario