Día de los Muertos en San Francisco

Estando en San Francisco pude asistir a la 38° edición de la Celebración del Día de los Muertos, llevada a cabo el 2 de noviembre de 2019. En esta fecha se realiza una exhibición de altares dedicados a las personas que fallecieron y una procesión por las calles entrada la noche. Todo esto pasa en el Distrito de la Misión o Mission Distric, uno de los barrios donde hay más población latina y el idioma español está a la orden del día. Muchas organizaciones y personas trabajan duro para este evento. Honrar a los antepasados se remonta a miles de años en México y en este lugar muchos latinos se reúnen en la Plaza Potrero del Sol para ello. 

Me tomé el subte y me bajé en la estación 24th St Mission, la Plaza Potrero del Sol está a menos de 1.5 km andando. La zona está llena de carpas que venden velas, flores, bebidas, comidas y puestos de maquillaje. La gente acostumbra a cambiar su rostro dejándolo en manos de verdaderos artistas. Fue inevitable parar en cada puesto a ver las intervenciones, principalmente con pinturas, polvos, rojo, blanco y negro.

Aproveché la caminata para ver algo del barrio, mirando los negocios y los muchísimos murales que están pintados en las paredes y puertas de garajes   de las casas en los distintos callejones. Los temas expuestos abarcan desde graffitis hasta representaciones de indígenas, artistas y escenas de la vida cotidiana latina.

Potrero del Sol Park es un parque bastante grande, con pequeñas lomadas, glorietas, lugares donde sentarse y frondosos árboles que brillan al caer el sol. Aquí se lleva a cabo la exhibición de altares de la muerte. Es posible dejar una nota escrita, junto a cientas que recuerdan a los muertos de cada visitante. Me tomé mi tiempo y desde San Francisco saludé a todos los míos, que tan feliz me han hecho con su presencia. 

Son los familiares o amigos de los difuntos, los autores de estos altares sumamente prolijos y ordenados, que están distribuidos por todo el parque. Todos están llenos de fotos, camisetas de fútbol, bebidas o comidas, velas, recuerdos, calaveras, objetos favoritos del homenajeado y lo que se les ocurra, además de flores, que por lo general son de color naranja. A su lado, se ubican los familiares y allegados, sentados en el pasto o en reposeras en un clima de tranquilidad y alegría, disfrutando la jornada incluso con picnics. 

Los altares pueden estar construidos a partir de ubicar todo en una silla o en estructuras conformadas con muebles o simplemente ordenando las ofrendas sobre una lona tendida en el piso. En cada uno puede verse el nombre de la persona a quien se está recordando, la fecha en que falleció, a veces la causa y su autor. A mi juicio, son verdaderas esculturas llenas de objetos de colección, armadas con mucha dedicación, dignas de ver en detalle. 

Me encontré con el altar a Anthony Bourdain, el talentoso presentador y escritor estadounidense, que cautivó a los espectadores de todo el mundo (entre los que me incluyo) con su programa “Anthony Bourdain: No Reservations”. En la serie, él mismo probaba platos de lo más variados, mientras viajaba y contaba lo que veía a su alrededor. Anthony murió a los 61 años y exploró la condición humana. Desde su lugar de chef y aventurero, ayudó a sus seguidores a pensar de manera diferente sobre la comida y las formas de recorrer el mundo… fue un viajero sin igual. En su altar pude ver ajos, huevos y dos libros. Uno de Hergé, “La isla negra” las aventuras de Tintín y el otro “Fear and Loathing in Las Vegas” ( Miedo y asco en Las Vegas), una novela escrita por Hunter S.Thompson, que según investigué se trata de un hombre que viaja haciendo reportajes por la ciudad de los casinos. También tenía un paquete de cigarrillos y un encendedor entre flores y velas. Fui una seguidora de sus locos programas y encontrarme con su altar me sirvió para felicitarlo y agradecerle lo que hizo en ellos. 

El altar a Anthony Bourdain, en Potrero del Sol Park

Después de ver los altares, escuchar música y tomar muchas fotos, volví al sitio del desfile, a la esquina de la estación de subte y me ubiqué por ahí esperando su comienzo, cerca de una hora. La noche cambia la imagen del barrio. La gente se sienta en las veredas y espera ansiosa el paso de los participantes. 

Recuerdo que los primeros en abrir el desfile fueron unos indígenas que bailaron justo donde me había ubicado. Tenían muchas plumas de gran tamaño en sus cabezas y bailaban enérgicamente al son de percusión por largo rato. Ellos prendieron incienso, mientras la policía nos ordenaba a nosotros, los espectadores. Luego se vieron pasar muchas personas maquilladas como muertos, portando fotografías y velas encendidas. 

Si bien el desfile no fue largo, nunca había visto esta celebración. Cuando todo concluyó, volví al hostel en el subte, cené y me acosté. Al otro día me esperaba la Golden Gate Half Marathon, pero esa es otra historia.

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