Niebla

«Domingo 20 de Junio de 2021. Hoy salí a correr a las 8:30 en punto y sospeché inmediatamente que viviría una gran y nueva experiencia. Apenas arranqué, no pude ver la esquina de mi casa, había una gris, densa y misteriosa niebla. Calle Cerrito no tenía ahora edificios altos, ni esquinas conocidas, la niebla lo había borrado todo. Algunas luces flotaban cada tanto en lo alto. Rojo, amarillo o verde.

La esquina de Avenida Pellegrini y Necochea también era gris y sin límites visuales. Corrí por Avenida Pellegrini hacia el Río Paraná. A mi izquierda un plano verde inclinado ilimitado y a mi derecha iban apareciendo de a una, siluetas de árboles sin hojas como líneas dibujadas por un artista apurado con un marcador negro. El inmenso y hermoso Río Paraná no estaba, se había escondido. Tomé Avenida Belgrano hacia el Norte. A mi izquierda, no había edificios, ni calles, ni nada. Corría sola dentro de la niebla que apenas me dejaba ver no más de 20 o 30 metros a mi alrededor. Me di cuenta que llegué al Monumento a la Bandera porque vi la parte inferior del mástil principal.

Hoy es el Día de la Bandera, pero el Monumento también se había escondido. Vallas de seguridad, autoridades, policías se organizaban para izar la bandera en un mástil que no tenía final, en el que al llegar ahí arriba la bandera tampoco iba a verse. Todo se había escondido, mientras yo seguía corriendo en medio de esa nada gris, con todo oculto. No hay edificación alguna que pueda ver. Mis oídos captan a lo lejos los primeros acordes de Aurora que se mezclaban con mis pasos y algún que otro pájaro. El Río Paraná también seguía escondido. Corro. Sigo corriendo. Otros corredores aparecen flotando en la niebla. Algunos caminantes emergen de la nada mientras tal vez, yo flote para ellos. La niebla tiene un olor frío, metálico y puro. Mi nariz detecta humo de cigarrillo, pero no veo al fumador.

La niebla es densa. Solo sigo una junta de dilatación en el suelo, que me marca el rumbo y a la vez se toma el trabajo de diferenciar dos tipos de piso. Corro. Corro. Corro. No hay nadie y soy feliz en medio de esa niebla gris, densa, profunda y algo húmeda. Aún no hay Río Paraná para ver, ni edificios. Es verdad que he dicho eso varias veces… que no hay nada para ver, pero no me importa. Una vieyra amarilla rodeada de rojo suspendida en el aire me indica que estoy a punto de llegar a Boulevard Avellaneda. Es verdad, tengo a mi derecha el gran negocio que vende autos y en donde trabajan dos queridos amigos.

Giro en Boulevard Avellaneda para volver. La niebla persiste y el Río Paraná sigue sin poderse contemplar. Me siento en un cuadro de Joseph Mallord William Turner. Continúan apareciendo corredores y caminantes que levitan. Me saludo con varios. Un círculo plateado aparece a mi izquierda. Unas corredoras amigas se sacan fotos con él. El Barquito y el Macro tampoco estaban. Tomo Boulevard Oroño y esperando que el semáforo me de el paso para cruzar, observo muchos autos sin luces en medio de la niebla que aparecían veloces como rompiendo un papel gris.

En solo 100 metros, me volví a encontrar con la ciudad y un cielo azul. Sentí que venía de un sueño. Sentí que pasaba de un mundo a otro. Corrí todo Boulevar Oroño desde el Río Paraná que no vi hasta 27 de Febrero, pensando en que tal vez, el río Paraná, el Monumento a la Bandera y nuestra insignia patria en lo alto de un mástil sin altura, se escondieron porque no sienten que tengan algo para festejar en un país al que vemos cada día peor. Finalmente bajo el sol amarillo, llegué a casa contenta, con la ropa pintada de color niebla. Calle Cerrito tenía sus edificios y sus esquinas de nuevo. Eso sí, no sé si reales o dibujadas.»

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