“Finalmente llegué a Essaouira, la linda y pequeña ciudad frente al Océano Atlántico. Después de un cómodo tren en primera clase, tomé un bus Supratours para llegar acá. El viaje fue tranquilo con una parada en el medio. Son cerca de 3 horas más de viaje. Sin dudas el paisaje cambió, es más desértico, con vegetación espinosa, rocas y arena. Cruzamos pastores con sus ovejas y cabras, casas de piedra marrón perdidas en la nada, algunos cultivos de olivos y cítricos. Aparecieron, primero a mi izquierda y luego a mi derecha, montañas bastante grandes con mucha nieve. En menos de 15 minutos caminando llegué al hostel en la calle Ceuta, un callejón sin ningún atractivo y con poca luz. Mi hostel es un riad con la cocina en la terraza. En el patio se escucha el mar y se ven las gaviotas en el cielo cualquiera sea la hora. Ayer martes anduve bastante por las calles principales, estoy dentro de la Medina pero esta es pequeña y uno no se pierde. En el atardecer fui a la zona del puerto a ver los pescadores con sus redes, barcos, pescados y duro trabajo. En la noche conocí a Marion, una francesa fotógrafa simpática, con la que intercambiamos comida o mejor dicho compartimos. Yo le di un poco de mi arroz y medio tomate y ella me dio lentejas con cebolla y zanahoria, muy rico. Charlamos y comimos juntas. Hoy miércoles ya se fue pero nos hicimos amigas en Facebook. Me fui cerca de las 10:00 a caminar toda la playa, una playa extensa y amplia de arena fina y mar tranquilo. A la vuelta fui a almorzar por nueve Dirham a los puestos de los pescadores que están prolijamente uno al lado del otro, exponiendo ordenada y seductoramente lo que terminará en tu estómago. Sobre platos hermosos, sardinas, pulpo y camarones me hacen delirar. ¡Qué bueno el sol de frente, las gaviotas y todo delicioso!”
Diario de viaje, Essaouira, Marruecos, miércoles 24 de enero de 2018
