En enero de 2018 visité Marruecos y no quise perderme la experiencia de pasar al menos una noche en el desierto. Sabía que en el hostel Riad Jennah Rouge, donde me alojaba en Marrakech, existía la posibilidad de tomar una excursión. No soy amante de las excursiones armadas en las que todo sucede rápidamente, pero lo consideré aceptable para esta experiencia. Además, en Marruecos hay que tener cuidado y precaución con guías falsos que prometen cosas que no cumpliran luego. Así que al llegar, cambié una de mis noches en el hostel por una carpa bereber en el desierto.
En la mañana de un lunes me buscaron a las 7:15 horas. De allí fuimos a la plaza Jamaa AL Fna y luego de cambiar de combi y encontrar a otros viajeros, salimos a las 8:00 hacia Ouarzazate. Algo inesperado vería esa mañana en ese viaje, eran cerca de las 9:00 y en medio de la lluvia empecé a ver nevar como nunca en mi vida. Mi relación con la nieve no es mucha, recuerdo haberla conocido en San Carlos de Bariloche, Argentina en el viaje de estudios de la escuela secundaria, luego he visto nieve en Mendoza y en un viaje en tren en la vieja Checoslovaquia.
El camino a lo largo de las montañas del Atlas y del paso de Tishka o Tizi-n’Tichka (que significa camino difícil) a más o menos 2200 metros sobre el nivel del mar por una carretera panorámica y sinuosa, ofrece vistas inigualables. Los paisajes mientras nos dirigíamos al desierto eran maravillosos, pero de caer más nieve el viaje podía llegar a suspenderse. Los autos en la ruta parecían de nieve, los árboles y los olivos estaban totalmente blancos. Hicimos un descanso en un café restaurant Tizi Ait Barba tan lleno de turistas como de preguntas acerca de si las excursiones seguirían o no. Durante el descanso tomé un té con menta y me fui a jugar a un balcón del parador rutero con la nieve. Cada tanto iba a la ruta a ver nevar y disfrutar del paisaje blanco que ese lunes de enero me regalaba. Estábamos en medio del valle del Atlas. Cerca de las 12:15 del mediodía se decidió continuar el viaje, volveríamos a la ruta pero custodiados por la policía local.
Dentro de la combi el grupo de turistas se había dividido en dos: los que querían seguir viaje y los que querían regresar. Yo formaba parte del primer grupo, quería llegar al desierto como fuese. Volvemos, no volvemos. Un brasilero tradujo la discusión en cuatro idiomas. Con el paso de los minutos, pequeños fragmentos de cielo azul nos empezaron a acompañar. El sol ya estaba ahí. Pero las dudas y el debate seguían. No sé cuántos kilómetros hicimos pero tomamos camino de regreso a la ciudad. A las 13:20, según leo en mi diario de viaje, paramos y una gran discusión en todos los idiomas tuvo lugar para tomar la decisión final. En un momento el chofer se baja de la combi, habla por teléfono y vuelve con una gran noticia: volveremos al desierto porque el paso está abierto y hay sol más adelante. Uno de los viajeros de mi equipo (el equipo de los que queríamos llegar al desierto) que estaba sentado detrás mío, sacó una botella con whisky para festejar. Definitivamente vamos al desierto. ¡Vamos al desierto! Que fantástico estaba ese whisky o el viaje o las dos cosas.
Serpenteantes caminos y montañas nos rodeaban. A las 16:00 horas hicimos otra parada, usar el baño ahí fue uno de los lujos que sentí que me daba. Con tantas idas y vueltas estábamos contra reloj, en medio de un paisaje increíble. Todo lo que deberíamos haber visitado a la ida, lo veríamos a la vuelta. Llegamos a destino de noche. El chofer envuelto en la oscuridad se pasó de largo y no vio a los bereberes con sus camellos en la ruta. Ellos eran los encargados de llevarnos al desierto desde la ruta. A veces, los supuestos problemas traen regalos bajo el brazo. Es solo cuestión de mirar lo que pasa de otra manera. Después de la nieve y el retraso, una luna brillante y casi llena nos acompañaría durante el camino por el desierto mientras montábamos los dromedarios. Qué mágicos fueron esos veinte minutos en medio de la nada, bajo la luz plateada de la luna camino a las carpas donde pasaríamos la noche. La cena fue fantástica. Yo tenía mucha hambre. Nos sirvieron una sabrosa sopa y un caliente tagine con arvejas, zanahorias, papas y carne. Bebimos té y de postre, mandarinas. Como viajaba sola me asignaron una carpa para mí. Me hice amiga de una pareja de ingleses muy simpáticos, con quienes hablé bastante en mi modesto inglés. En total éramos 17 viajeros de diferentes nacionalidades, Suiza, Alemania, Brasil, Corea entre otras. Luego de la cena los bereberes cantaron y tocaron sus instrumentos típicos. Me propusieron tocar con ellos, me animé y en un momento solo de percusión, ellos me seguían a mi. Creo que toqué un Djembe. Al final me llamaron para tocar juntos nuevamente.
Afuera de la carpa el viento era bárbaro. La luz de la luna nos dejaba ver las carpas y el camino hacia ellas. Ya en mi carpa y lista para dormir, el viento me hacía sentir diferentes sensaciones. Parecía que muchos caballos andaban por el techo galopando. Mi cama que era muy pesada, robusta y grande, aparentaba tener ruedas y andar por un empedrado de cómo se movía. El golpeteo constante del viento con la lona que conformaba mi carpa fueron mi canción de cuna esa noche en el desierto marroquí. Me dormí igual, con una frazada doblada en dos y otra simple encima. No pasé nada de frío. Dentro de la carpa la oscuridad era absoluta. En la noche, me vinieron ganas de hacer pis, salí e hice ahí cerca sobre la arena tapando todo como si fuera un gato. A decir verdad, estoy convencida de que en otra vida fui un gato. No tenía idea dónde estaban los baños en esa inmensidad ventosa y arenosa.
Me desperté para ver como es el amanecer en el desierto y salí a andar por ahí mientras casi todos dormían. El viento continuaba y entendí porque los habitantes del desierto están siempre cubiertos. La arena no deja de volar. A lo lejos los dromedarios descansaban sentados.

En la carpa en la que habíamos cenado estaba listo el desayuno para todos. Muchos comentaron que no habían podido dormir durante toda la noche por el ruido del viento. Luego partimos en dromedarios hacia la ruta. No sé si será por mi pequeña contextura física, pero en cada paso que daba el dromedario, sentía que mi cuerpo subía y bajaba unos cuantos metros. Debía concentrarme en estar bien afirmada pero suelta a la vez. La silla sobre el dromedario es dura pero cómoda y al día siguiente del viaje uno siente su parte trasera algo extraña.
De regreso a Marrakech, pasamos por Ouarzazate y bajamos para descansar y caminar un rato. Pude ver de afuera el Museo del Cine. Seguimos viaje para visitar Ait Ben Hadu (en tamazight: ⴰⵢⵜ ⵃⴰⴷⴷⵓ, Ath Benhadu; en árabe: آيت بن حدّو), a orillas del Río Ounila. Ait Ben Hadu es Patrimonio de la Humanidad declarado desde 1987 por la Unesco. Allí se han filmado unas cuantas películas y series famosas como Alejandro Magno y Gladiador. Este rojizo, gran y mágico “kzar” está a más o menos 30 km de Ouarzazate. Una vez estacionada la combi, para llegar a él debimos cruzar el río que tenía muy poca agua, sobre un camino hecho con bolsas rellenas, supongo que de arena. Las construcciones solapadas, las vistas, el color del adobe… son fascinantes.

Dentro del complejo pueden verse algunos sitios interiores. Hay viejas fotos pegadas en algunos muros e información, por ejemplo de las películas filmadas, en un estado lamentable de conservación. Este pueblo fortificado, de adobe, tierra, paja y madera es, según dicen, el más famoso de Marruecos y se llama así por su fundador, Ben Haddou, que según la leyenda estableció aquí una tribu en el año 757. Es un lugar tan solitario como hermoso, silencioso y mágico, donde es inevitable sacar muchas fotos.
Fue una gran experiencia que tuvo de todo un poco: nieve, incertidumbre, arena, viento y que sin duda recomiendo a todo aquel que viaje a Marruecos. La empresa con quien realice la excursión es: www.rougetravel.com , que está relacionada con el hostel en que me hospedé en Marrakech.

















