Marruecos

Tánger. Estos señores son los encargados de abrir y cerrar de la mezquita de a la vuelta de mi hostel.Me vieron dibujando, me saludaron y aceptaron una foto conmigo.

Conocí parte de este  país africano en 2018. Llegué a él, a través de un ferry desde Tarifa en sur de España. Nunca había estado en África, ni en un país musulmán. Visité las ciudades de Tánger, Chefchaouen, Fes, Rabat, Essaouira y Marrakech. Y pasé una noche en el desierto de Zagora. Siempre me alojé en hostels y las experiencias fueron muy buenas. Utilicé el tren, el bus, el taxi compartido y dos o tres veces  tomé un taxi. Y caminé muchísimo. Tuve la oportunidad de correr la “Semi Marathon International de Marrakech”. Leí mucho antes de ir, ya que es no buena la propaganda de los países musulmanes para una mujer que viaja sola. Sin embargo, creo que se habla más desde lo imaginario que desde lo real. Mi experiencia fue sencillamente excelente. Lo vi al rey de Marruecos, un montón de veces, su foto es exhibida  en negocios, bares y hasta en los centros comerciales. Como en cualquier país y  en cualquier ciudad hay que cuidarse, obviamente. Una de las cosas que más me gustaron de las ciudades que conocí, es la calle como espacio público, allí pasa de todo. En las medinas,  la calle es el patio donde los chicos juegan, las vecinas charlan y los gatos duermen. La calle está dentro de las casas. Son laberintos  con pasadizos, escaleras, túneles, curvas, sin salidas algunas. Las calles son las vidrieras donde todo está expuesto y nadie toca nada. En la calle puedes encontrar bidones para tomar agua libremente. Recuerdo un día en Tánger escuchar gritos y peleas desde dentro del hostel: los padres  habían descubierto que su hijo estaba tomando drogas. Las calles son agostas y cuentan el secreto de las casas. Si hay algo que me llevó seductoramente lejos de este planeta, es escuchar el llamado a orar desde las torres de las mezquitas. Paraba lo que estaba haciendo o me quedaba quieta donde estuviera  y cerraba los ojos para disfrutarlo, sea la hora que fuere. Otra delicia de este país son sus mercados, llenos de colores, olores y gente. Siempre me compraba dátiles o aceitunas mientras paseaba. Essaouira me regaló como comida sus sardinas recién sacadas del mar por los pescadores. De algunos desayunos en los hostels tomé la costumbre hoy, de incluir en mis desayunos aceitunas! Me deleité comiendo mandarinas, todo el mundo come mandarinas en Marruecos. Y si hay algo rico es el pan de cous cous, recién hecho, lo venden en la calle recién hecho y caliente, se llama harcha. Me acostumbré a perderme dentro de las medinas  y en más de una oportunidad tuve que preguntar muchas veces para volver al hostel. Pero perderse en un mercado o dentro de la medina, es sin duda un plan excelente en este país, es vivenciar y entender la vida cotidiana de los marroquíes. Viví de cerca, que sentarse en un banco es terminar compartiendo semillas de girasol, solo mirándose, sin hablar, de una manera muy amistosa. Tomar de té de menta, fue una práctica que hice bastante seguido, me sentaba por ahí a mirar  la gente y la vida de  las ciudades. En Marruecos, está prohibida la venta de alcohol, solo pude ver un arsenal de bebidas, en un subsuelo escondido en Marrakech. Un marroquí me dejo andar libremente por su pequeña curtiduría de piel. Increíblemente vi nevar muchísimo camino al desierto y pasé una una noche él, donde escuché el viento sin parar, lo que hacía que sintiera que mi cama planeara por el universo. Vi un amanecer en el desierto. Las mezquitas  eran  las vidrieras más atractivas para mí desde afuera, me maravillaba mirar a  los hombres en posición de rezo y verlos ponerse sus zapatos al irse. También los pude ver lavarse antes de orar. Los musulmanes son muy limpios. Le di clases de español al mozo del hostel de Marrakech y el me  corrigió un texto que copié en árabe de una canción suya. En Fes me quedé a  cargo de un negocio  con el sombrero, color bordó  puesto del dueño, mientras me tomaba un té  de menta con su amiga. También me tuve que pelear a los gritos en la calle con un hombre que no había cumplido lo que me dijo. Marruecos es muy amistoso con el turista, me sentí muy respetada y segura. Los marroquíes son simpáticos y charlatanes, pareciera que están de buen humor siempre. Los chicos siempre te van a sonreír y van a querer hablar con uno. Siempre se ve a los marroquíes entretenidos en las calles. Me fui de Marruecos, desde Marrakech a Málaga en España, en avión. Volvería a este país mágico y amistoso.