“Bajé del avión con todas las ganas de New York. Ya no puedo cantar más la canción de Charly Garcia que dice: «Yo nunca vi New York, no sé lo que es París”. Desde el JFK, gratis, un ómnibus me llevó a la estación de trenes y desde ahí, hasta donde estoy parando, el viaje duró una hora diez minutos». Claro, atraviesa toda Manhattan a lo largo. Hoy no vi casi nada, pero lo poco que vi me hizo enloquecer, desde los raros personajes que van en metro hasta la organización que había por donde anduve. Salí de la estación 103 Street y… ¡oh! ¡Esto es New York! Los edificios con las escaleras metálicas de incendio exteriores, las escaleras para entrar a los departamentos, basura y muchos tachos grandes, papeles, hombres negros por doquier y la policía como se ve en las películas. Andando por la 103 Street, había dos patrulleros con todas sus luces encendidas. ¿Estoy en una película? No, estoy en Nueva York. Me metí a comprar algo para comer. Todo en bolsa de papel. El señor que atendía el negocio hablaba español. Dejé todo en el aeropuerto JFK en la consigna, andar con todo por acá aparte de ser un estorbo, creo que sería algo peligroso. Prefiero pagar. Desde mi ventana veo Amsterdam Avenue, cada tanto se escuchan esas clásicas sirenas de las películas. Don’t walk… don’t walk, titila el semáforo. Algunos chicos negros bailan rap en la esquina. Me voy a dormir (obligada por mí misma). Ver desde la ventana es ver una película. ¡Nena, estás en New York!”
Diario de viaje, New York, Estados Unidos, sábado 4 de marzo de 1995
