«La espera en Sol se hizo larga, pero no sin charlas. Junto a mi dos matrimonios de Málaga, uno a cada lado. A mi izquierda Piedad, nacida en Casablanca y su marido. A mi derecha, Guillermo y Patricia, dos jóvenes muy lindos, muy bien vestidos y muy preparados para las doce campanadas. Ambos trabajan en Zara, en Málaga. Cada cuarto de hora todo el mundo gritaba cada vez más fuerte. Según dicen, esta vez entraron a la plaza 20.000 personas. Estábamos muy cómodos. Guillermo me dio todas las instrucciones: “Lo más importante es concentrarse en comer cada uva con cada campanada”. Antes buscó la historia de este ritual y me lo leyó desde su celular. Existe el día antes, las pre uvas, que es como un gran ensayo, pero también me contó alguien que al mediodía del 31, también hay gente comiendo uvas. Efectivamente después de las uvas, todo son gritos, abrazos, brindis y lo que sea. Es notable el silencio en que duran las doce campanadas. Nos quedamos más de cuarenta y cinco minutos, charlando de la vida y el mundo con Guillermo y Patricia y nos despedimos con el deseo de una buena vida para todos. La vuelta al hostel fue caótica, porque a las una menos diez desalojan la plaza para limpiarla, calles cortadas, mucha policía, desvíos y algo de gente un poco borracha. La plaza queda hecha un verdadero desastre. Camino al hostel y después de preguntar a varios policías, como llegar a Tirso de Molina, llegué al hostel y me acosté, no sin antes saludar por Whatssap a muchos amigos y familia y enviar fotos de mi último día del 2017en Madrid. Apenas entre a mi habitación, en el tercer piso, las japonesas y coreanas no paraban de decirme “Happy New Year” con encantadoras sonrisas.»
Diario de viaje, lunes 1 de enero de 2018, Madrid, España.



